De «¿qué te pasa?» a «¿qué te ha pasado?»: el giro de mirada que transforma la acción tutorial

Hay preguntas que, sin proponérselo, ya contienen un juicio. Cuando un estudiante no entrega, desaparece de clase o responde con desgana, la pregunta que se nos forma por dentro suele ser: «¿qué te pasa?». Y aunque la digamos con buena intención, esa pregunta lleva dentro una sospecha: ¿qué falla en ti?, ¿por qué no rindes lo suficiente?, ¿por qué no pones de tu parte? ¿por qué tu comportamiento no es adecuado?

La educación informada sobre el trauma propone cambiar una sola palabra y, con ella, toda la dirección de la mirada: pasar de «¿qué te pasa?» a «¿qué te ha pasado?». Este cambio de tiempo no es un juego retórico, sino un desplazamiento que reorganiza cómo interpretamos la conducta y, por tanto, cómo respondemos a ella.

La primera vez que sentí cómo esta pregunta cambia por completo la forma de entender una conducta fue en mi propia formación con TISUK. La escena era esta: una adolescente responde de forma desproporcionada a una petición tan simple como salir del pasillo y entrar en clase. El profesor, que empieza a perder la paciencia, la agarra para hacerla pasar. Ella se zafa, grita, empuja mesas y sillas.

Era un aula escolar, pero el mecanismo es exactamente el mismo en la universidad; solo cambia la forma que adopta. Rara vez veremos a un estudiante universitario volcar una silla: lo veremos desaparecer antes de una entrega, romper a llorar ante una corrección o reaccionar con una hostilidad que no encaja con la situación. La conducta es distinta (acorde a un nivel de madurez algo mayor); la desregulación que hay debajo, no.

Preguntarnos «¿qué le pasa?» no nos acerca a resolver ninguna de esas situaciones. Sí, le pasa que está desregulado; pero eso ya lo estamos viendo. En cambio, preguntarnos qué le ha pasado lo cambia todo: no solo nos ayuda a entender, sino a empatizar y, lo más importante, a ofrecer regulación desde la compasión en lugar de sumar tensión a la tensión. 

De dónde viene la pregunta

El desplazamiento no es una ocurrencia motivacional: nombra el núcleo de la atención informada sobre el trauma. El psiquiatra Bruce Perry lo popularizó junto a Oprah Winfrey precisamente con esa fórmula, que da título a su libro What Happened to You? (Perry & Winfrey, 2021), y condensa décadas de investigación sobre cómo la adversidad temprana moldea el modo en que una persona responde al mundo.

La idea de fondo es sencilla y exigente a la vez: muchas conductas que leemos como fallos de carácter, como la evitación, la reactividad, el bloqueo, la necesidad constante de aprobación…, pueden entenderse mejor como respuestas aprendidas ante experiencias difíciles. No son lo que la persona es; son, a menudo, lo que la persona hizo para sobrevivir.

Lo que cambia cuando cambia la pregunta

Preguntar «¿qué te ha pasado?» no significa conocer la historia de cada estudiante ni convertir la tutoría en un interrogatorio. La mayoría de las veces la pregunta ni siquiera se formula en voz alta. Es una pregunta que nos hacemos por dentro, y que cambia lo que vemos: donde antes había «un vago» o «una desinteresada», ahora hay alguien que quizá está atravesando algo que no vemos.

Ese cambio de lente tiene una consecuencia inmediata: nos detiene antes de juzgar. Y en ese instante de pausa entre la conducta y nuestra reacción cabe una respuesta distinta. No necesariamente más blanda o permisiva, pero sí más comprensiva. Ese es todo el giro.

Este giro no es una técnica aislada, sino la puerta de entrada a un enfoque más amplio, con su propia base de evidencia y sus principios. Lo desarrollo por completo en mi guía sobre educación informada sobre el trauma en la universidad.

La pregunta silenciosa del docente

Una versión de este giro que me parece especialmente valiosa es la que traducen algunos docentes cuando lo integran de verdad. La pregunta deja de ser «¿qué te pasa?» y se convierte, en silencio, en algo así como: «¿qué te ha ocurrido, y cómo puedo hacer ya para que mi clase sea un espacio más seguro para ti?». Es decir, ¿qué puedo hacer yo (docente) para que tú (alumno) puedas aprender?

Ahí está lo importante: la segunda parte de la pregunta ya no apunta al estudiante, sino a uno mismo y al entorno. No se trata de averiguar qué le pasa para arreglarlo (ese no es nuestro papel), sino de preguntarnos qué está en nuestra mano para que el aula o la tutoría sean un lugar donde alguien en dificultad pueda, sencillamente, seguir adelante y beneficiarse de la asignatura que estamos impartiendo. 

Pienso en un docente que participó en una de mis formaciones. Le inquietaba un alumno que se agobiaba hasta quedarse paralizado ante las presentaciones en grupo, y se preguntaba si debía eximirle de ellas, a pesar de que contaban para la nota final. Mi respuesta no fue bajar el nivel ni retirar el requisito; no se trataba, en absoluto, de darle un trato de favor. Mi respuesta fue, más bien, otra pregunta: ¿qué necesita este alumno para poder hacer esta tarea? y ¿qué está en mi mano para ayudarle a lograrlo?.

Lo que este giro no es

Conviene decirlo claro, porque es donde nacen las resistencias. Cambiar la pregunta no es justificar cualquier conducta, ni renunciar a la exigencia, ni asumir un rol terapéutico. «¿Qué te ha pasado?» no equivale a «no pasa nada». Comprender el origen de una conducta no cancela los límites ni las responsabilidades; los sostiene desde otro lugar. Se puede acompañar con calidez y, a la vez, mantener el nivel. De hecho, es justo así como funciona.

Es la objeción que más resistencia genera, y merece un desarrollo propio.

La misma pregunta, hacia dentro

Hay un último giro, y es quizá el más olvidado. La pregunta «¿qué te ha pasado?» también podemos dirigirla hacia nosotros mismos. Acompañar el malestar ajeno desgasta, y el profesorado rara vez se detiene a preguntarse qué le está pasando a él mientras sostiene a los demás. Cambiar la mirada hacia el estudiante empieza, muchas veces, por poder mirarnos a nosotros con la misma compasión.

Aquí es donde, para mí, esta pregunta deja de ser una técnica y se vuelve una forma de estar. Cuidar al estudiante sin cuidarnos a nosotros mismos es insostenible: nadie sostiene desde el desbordamiento. Por eso entiendo el autocuidado del docente no como un añadido, sino como parte del mismo gesto, lo que llamo Poética del cuidado: acompañar al otro desde la compasión que antes somos capaces de darnos a nosotros. Dirigirnos a nosotros mismos la pregunta «¿qué me ha pasado, y qué necesito?» es, también, una forma de cuidar a quien tenemos delante.

Para terminar

Cambiar una pregunta parece poco. Pero es, quizá, el gesto más transformador de la educación informada sobre el trauma, porque no exige recursos nuevos ni convierte al docente en terapeuta: solo pide detenerse un instante y mirar distinto. De «¿qué te pasa?» a «¿qué te ha pasado?». De la sospecha al cuidado. Y, a veces, eso lo cambia todo.

Para seguir

Escribo con regularidad sobre educación informada sobre el trauma, autocuidado del profesorado y acompañamiento en el aula universitaria. Si quieres recibir estas reflexiones y conocer de primera mano las próximas formaciones y cursos, puedes suscribirte a mi lista de correo.

Referencias

Perry, B. D., & Winfrey, O. (2021). What happened to you? Conversations on trauma, resilience, and healing. Flatiron Books.

Substance Abuse and Mental Health Services Administration. (2014). SAMHSA’s concept of trauma and guidance for a trauma-informed approach (HHS Publication No. SMA 14-4884). SAMHSA.

Van der Kolk, B. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.

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