Las librerías son las farmacias de guardia del ánimo, y los libros las medicinas que nos salvan la vida
– Rosa Montero
Librería La Ilusa (Bilbao)
Librerías y bibliotecas han sido, desde siempre, casa. Cuando necesitaba salir de la mía para respirar, los pasillos de la biblioteca de San Juan en Burgos me han visto llorar, perderme entre las páginas de los libros en las estanterías, me han visto escapar y volver con una mente más clara o un corazón más ligero. Pasear entre los libros de Luz y Vida o en la librería del Espolón me daba un descanso, un aliento, un abrazo.
Por eso, cuando hace unos meses una publicación en redes sociales no sé de quién me dio a conocer una librería en Bilbao, ciudad que también fue refugio cuando abandoné la mía por primera vez en la veintena, sentí que el universo me estaba invitando a algo. Hasta entonces, la mayor parte de mi trabajo como facilitadora de espacios de escritura y autoconocimiento habían sido en línea, pero sabía que me/les faltaba algo y ese algo era presencia.
Presencia.
“¿En dónde hallar una presencia humana que me calme?”, nos dice Pizarnik. Y es que por muy bueno que sea ejercitar nuestra creatividad, explorar nuestro paisaje interno y dar nombre a lo que hasta entonces había sido innombrable, la clave de todo, aquello que nos transforma, es la presencia, la nuestra con nosotros mismos y la muy necesaria presencia de otros que, como testigos, validan nuestras palabras, le dan matices nuevos o perspectivas que no habíamos considerado antes.
La presencia empática del testigo, la voz compasiva y no crítica del otro, la externalización de sentimientos que encuentran resonancia en el grupo, esto es lo que se crea en estos espacios de escritura expresiva (emocional, terapéutica…) donde nos exploramos y desenterramos huesos rotos, raíces secas que necesitan compostar y volver a la tierra tras su debido ritual de enterramiento, reconocimiento y duelo.
El taller de “Escribir sobre la herida” que facilité en la librería La Ilusa, en la calle Hernani de Bilbao, se convirtió en uno de estos espacios donde la conversación está cargada de respeto, la humildad del autocuestionamiento, la franqueza y actitud receptiva de todas las participantes, empatía y eco emocional.
La sesión comenzó como siempre lo hago, con unas respiraciones profundas que nos traigan al cuerpo y bajen de revoluciones nuestro sistema nervioso, que nos devuelvan a la presencia y nos permitan adentrarnos al espacio invisible de energía compartida que son, siempre, estos círculos de escritura y conversación honesta desde la experiencia personal.
Una vez dentro del círculo, escribimos. Dos sesiones de escritura, seguidas de dos sesiones de conversación en grupos reducidos (de dos o tres) para compartir nuestras palabras, el proceso de escritura o alguna cosa que nos haya llamado la atención en lo escrito. Requisito esencial: nunca dar consejo a otros ni opinar sobre sus palabras; solo caben comentarios de resonancia emocional o, si sentimos curiosidad sobre la experiencia de la otra persona, preguntar siempre pidiendo permiso antes.
Participantes en taller
Después de compartir en los grupos reducidos, invito al grupo completo a compartir alguna reflexión de valor para ellos, con la intención de ofrecerles estas verdades profundas de las que todos podemos beneficiarnos y a partir de las cuales podemos profundizar en la conversación. Mis espacios tienen una mirada feminista, por lo que no es de sorprender que atraigan a participantes que habitan cuerpos de mujer. Esta perspectiva femenista permeó la conversación desde la experiencia de madre, de hija, de mujer divorciada… en relación con la figura del padre y de la madre, y dentro de la sociedad patriarcal y de un sistema capitalista. Y es que es imposible, y desde mi punto de vista perjudicial, no abrir la puerta a la política del trauma, la política que hiere y abre heridas, porque para no cerrarlas en falso, sino “en verdadero” uno debe reparar la relación con lo que duele y reparar o transformar (en la medida de lo que sea posible para cada uno) de aquellos espacios que causan heridas.
Las dos horas de taller se llenaron de palabras sentidas, de experiencias vividas validadas y de lecciones universales dentro de los matices de la individualidad: aceptación de que todos lo estamos haciendo lo mejor que podemos dentro de nuestras circunstancias, compasión y apoyo hacia nuestras niñas internas (que encuentran un lugar para salir a jugar y expresarse a salvo dentro de estos espacios), el perdón que va hacia abajo, rompiendo ciclos, pero que no siempre necesita ir hacia arriba manteniendo relaciones irreparables que nos duelen…
Yo salí con el corazón lleno, con una mente más abierta, con la confianza reforzada en la idea de que la palabra escrita es bálsamo y, compartida, medicina.
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