Lo que heredamos sin saber
Trauma intergeneracional, género y memoria en España
“En la primera generación hay algo que no se puede decir, en la segunda no se puede nombrar, mientras que en la tercera no se puede pensar y en la cuarta está totalmente oculto.”
– Miñarro, 2021
Hay una escena que se repite en muchas familias españolas: alguien pregunta por el abuelo, en qué bando estaba en la guerra, por qué nunca se hablaba de aquella época. Y la respuesta es siempre alguna variación de lo mismo: «mejor no remover», «eso ya pasó», «para qué». El silencio no es ausencia, sino una postura activa, aprendida, transmitida.
Ese silencio tiene consecuencias que van mucho más allá de la historia familiar. Consecuencias que habitan el cuerpo de las personas que lo heredaron y se manifiestan en sus relaciones, en su capacidad de nombrar lo que sienten, en el modo en que se relacionan con la autoridad, con el miedo, con la expresión pública de sus ideas.
A eso se refieren los investigadores cuando hablan de trauma intergeneracional: a la transmisión, de generación en generación, de experiencias traumáticas que no fueron suficientemente elaboradas. Experiencias que no existen como recuerdo consciente, sino como patrón, ya que quien lo porta puede no saber nada de los hechos originales. Experiencias que existen como una forma de estar en el mundo que viene de antes.
“El trauma descontextualizado en una persona se manifiesta como personalidad. El trauma descontextualizado en una familia se manifiesta como rasgos familiares. El trauma en un pueblo se manifiesta como cultura.”
— Resmaa Menakem
En España, ese proceso tiene una forma específica y lleva el nombre de la guerra civil, de cuarenta años de dictadura, de un pacto de silencio llamado Transición. Pero también tiene, y esto es lo que a menudo se olvida, un género. Las mujeres heredaron el trauma de manera distinta, lo portaron y lo transmitieron de manera distinta.
I. El trauma que viaja en el tiempo
El concepto de trauma transgeneracional o intergeneracional viene desarrollándose en la psicología clínica y la antropología desde los años setenta, aunque el contexto español tardó en incorporarlo. La psicóloga Gina Armañanzas Ros lo describió en un artículo de 2012 como un proceso en el que «las situaciones traumáticas no elaboradas pueden transmitirse de una generación a otra a través de mecanismos psicológicos, biológicos y sociales» (Armañanzas Ros, 2012). Lo que llama la atención de esta definición no es solo qué se transmite, sino cómo: no necesariamente a través de relatos, sino a través de comportamientos, silencios, patrones afectivos, formas de relacionarse con el peligro y la confianza.
En el contexto español, los mecanismos de transmisión tienen una particularidad: el silencio fue, durante décadas, obligatorio. No hubo espacio público para el duelo, ni rituales colectivos de reconocimiento. Las familias de los represaliados aprendieron que nombrar lo ocurrido podía tener consecuencias, y esa lección se incorporó al cuerpo como una forma de cautela que, en muchos casos, sigue activa varias generaciones después.
El antropólogo Ignacio Fernández de Mata, que lleva más de dos décadas investigando los «duelos inconclusos» de la guerra civil española, documenta cómo las familias de los desaparecidos desarrollaron lo que él llama duelo patológico transmitido: una estructura de dolor que se reactiva en cada generación sin que exista un protocolo social que lo contenga. «El conflicto de los desaparecidos produce en sus familias una estructura de duelo que se activa sin que la generación siguiente sepa necesariamente por qué siente lo que siente», escribe (Fernández de Mata, 2016).
Eso es lo más perturbador del trauma intergeneracional: que puede operar sin conocimiento. La persona que lo porta no tiene por qué haber vivido los hechos originales. No tiene por qué conocer la historia. Solo tiene que haber crecido en el sistema afectivo y relacional de quienes sí los vivieron.
En casa, de niña, recuerdo que al principio de cada reunión familiar, mi madre le suplicaba a mi padre que no se hablara de política. Mi padre raramente se contenía y se acaloraba y hablaba de lo innombrable y por eso tenía la mala fama de no saber comportarse, de ser un “bruto” y llevar el sanbenito de “ser un animal”. Curiosamente, y por el contrario, ninguna de las mujeres en mi familia hablaba de política; siempre pensé que no tenían ideología, y siempre noté una gran tensión e incomodidad, casi un desconcierto, cuando, en mi adolescencia, le preguntaba a mi madre: “¿Eres de derechas o de izquierdas?”, y me respondía: “yo no soy de ninguno”. Esa reticencia a posicionarse políticamente que mi hermana heredó y a la que yo me rebelé, causando la misma incomodidad que a mi padre al iniciar temas de política en la mesa durante los cumpleaños, su incapacidad de “tener la fiesta en paz”, es la que me ha llevado ahora a buscar respuestas.
II. La herida tiene género
Cuando hablamos de trauma intergeneracional en España, solemos hablar de las víctimas de forma abstracta. Pero la represión no fue abstracta ni uniforme, tuvo cuerpos específicos, y muchos de esos cuerpos eran de mujeres.
La historiadora Miren Llona señala que las mujeres fueron objeto de una represión específica durante la guerra civil y el primer franquismo: el rapado de cabeza, el aceite de ricino, la humillación pública, la violencia sexual como instrumento de terror político. Estas formas de violencia no dejaron solo heridas individuales, dejaron, también, «una memoria que ha permanecido aún más silenciada que la de sus compañeros», porque se inscribía en el cuerpo de formas que la cultura patriarcal tendía a transformar en vergüenza, no en denuncia (Llona, 2009).
La psicoanalista Anna Miñarro, en su trabajo sobre el genocidio español, añade una dimensión crucial: las mujeres supervivientes tuvieron que sostener el duelo ajeno como el de sus maridos, sus padres o sus hijos desaparecidos, sin espacio para elaborar el propio. «El hilo infinito del genocidio español», lo llama, refiriéndose a esa cadena ininterrumpida de dolor transmitido que corre especialmente por el linaje femenino (Miñarro, 2021).
Las hijas y nietas de esas mujeres crecieron en hogares donde ciertos temas no se nombraban, donde la expresión del duelo era peligrosa o imposible, donde la capacidad de sentir miedo estaba estructurada por algo que nadie explicaba del todo. Lidia Luna Rodríguez, en su investigación más reciente sobre la transmisión diferencial del trauma según el género en contextos de violencia política, e inspiración inicial del proyecto “Escribir desde la herida”, documenta cómo las descendientes femeninas de represaliadas presentan patrones específicos de angustia y disociación que responden a lógicas distintas a las de sus pares masculinos (Luna Rodríguez, 2025) y esa diferencia importa si queremos acompañar procesos de resignificación con honestidad.
III. ¿Cómo se transmite lo que no se dice?
Esta es la pregunta que más les cuesta entender a quienes escuchan hablar de trauma intergeneracional por primera vez. Si no hay relato, si nadie contó lo que pasó, ¿cómo llega el trauma a las generaciones siguientes?
Los mecanismos son varios y operan simultáneamente. El más evidente es el comportamental: los adultos que vivieron el trauma desarrollaron estrategias de supervivencia tales como no hablar de ciertos temas, no confiar en las instituciones, no llamar la atención o reducir la expresión emocional, comportamientos que transmitieron como normas de crianza aunque ya no fueran necesarias. Los hijos aprenden que ciertas cosas no se dicen, aunque nadie les explique por qué.
Hay también mecanismos más sutiles. El psicólogo relacional Donnel Stern describe cómo el trauma no elaborado vive en el presente como «una ausencia con forma»: algo que se siente pero no se puede nombrar, que se reactiva en situaciones aparentemente no relacionadas con el hecho original (Stern, 2012). Para las generaciones que no vivieron los hechos pero crecieron en el campo relacional de quienes sí los vivieron, esa ausencia con forma se manifiesta como angustia sin origen conocido, como inhibición expresiva, como una sensación difusa de que ciertos temas son peligrosos.
El psicólogo Patrick Buckley, desde el trabajo psicosocial en exhumaciones, añade que el duelo por los desaparecidos no puede completarse sin un acto de reconocimiento público. «Los rituales de cierre», escribe, «no son decorativos: son funcionales. Sin ellos, el duelo se queda suspendido, sin lugar donde terminar» (Buckley, 2009). En España, esos rituales llegaron tarde, o no llegaron, y en muchos casos, siguen sin llegar.
Todo esto tiene una implicación directa: el trauma intergeneracional no se resuelve solo con el paso del tiempo. Requiere de actos de reconocimiento, de espacios donde lo que no pudo nombrarse empiece a tener palabras. Y eso es exactamente lo que la escritura, en determinadas condiciones, puede ofrecer.
IV. Por qué la escritura y no solo la conversación
Cuando hablamos de elaborar el trauma, la primera respuesta suele ser: hablar. La psicoterapia, el apoyo entre iguales, la conversación honesta, todo eso tiene valor y puede ser transformador. Pero hay algo que la escritura hace que la conversación no siempre puede.
La escritura ofrece distancia metafórica: la posibilidad de hablar de lo propio a través de una imagen, un personaje, un verso que no somos del todo nosotros pero que nos contiene. Esa distancia no es evasión. Es, paradójicamente, lo que permite acercarse a lo que duele sin ser abrumada por ello. El poeta o la poetisa no dice «siento miedo»: dice «dejo siempre una luz encendida al irme a dormir». Y en esa imagen cabe algo que la declaración directa no puede sostener.
El investigador Pooran Chandra y la doctora Pragya Verma identifican tres mecanismos a través de los cuales la escritura poética opera sobre el trauma: la distancia metafórica que ya hemos mencionado, la reescritura activa, es decir, transformar la narrativa en lugar de solo relatarla, y la resonancia colectiva, ese reconocerse en la experiencia de otras personas y descubrir que lo que parecía únicamente propio tiene eco en la sala (Chandra y Verma, 2021). Estos tres mecanismos son especialmente relevantes cuando el trauma es intergeneracional, porque a menudo no se poseen ni los hechos ni el lenguaje para nombrarlo directamente.
Hay también algo que ocurre cuando se escribe en grupo. La catedrática de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid, Almudena Hernando Gonzalo, coordinando un volumen colectivo sobre trauma, herencia y acción colectiva, propone que la sanación del trauma histórico no puede ser un proceso únicamente interior: requiere de actos de narración compartida, de construcción de nueva memoria en el espacio social (Hernando, 2023). El grupo de escritura no reemplaza la justicia ni la reparación institucional. Pero crea, en el espacio de lo posible, un lugar donde lo que no pudo nombrarse empieza a tener forma.
V. Lo que todavía está por hacer
En muchos países, el trabajo con el trauma histórico colectivo lleva décadas de recorrido. En Argentina, los hijos de desaparecidos tienen grupos de elaboración, recursos, acompañamiento específico. En Alemania existe una tradición de trabajo con las generaciones postguerra que incluye no solo la historia sino la psicología del duelo transmitido.
En España también va dando pasos. Hay investigadores como Fernández de Mata o la propia Armañanzas Ros que han documentado el problema con precisión. Hay asociaciones de memoria histórica que llevan décadas reclamando reconocimiento y reparación. Hay, también, un número creciente de personas que sienten que algo en su historia familiar no encaja del todo, que hay algo que les pesa sin que sepan bien de dónde viene.
Lo que falta, en gran medida, son los espacios, los lugares, ya sean físicos o simbólicos, donde esa exploración pueda ocurrir con seguridad, donde no sea necesario identificarse como «víctima» ni tener un caso documentado para poder elaborar algo, donde la escritura pueda ser, simplemente, un umbral hacia lo que todavía no se ha dicho.
Ese es el espacio que el proyecto «Escribir desde la herida» intenta crear. Un espacio atestiguar, soltar, resignificar, un lugar donde la palabra puede, al menos, empezar.
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Puedes leer más sobre la poesiaterapia y sobre el proyecto «Escribir desde la herida» en esta misma web. Y si tienes preguntas o quieres saber cuándo hay próximas fechas en Burgos o Bilbao, escríbeme.
Referencias
Armañanzas Ros, G. (2012). Elaboración transgeneracional del trauma: guerra civil española. Norte de Salud Mental, 43, 13–17.
Buckley, P. (2009). Enterrar a los muertos: trabajo psicosocial en exhumaciones. En Asociación Española de Neuropsiquiatría (Coord.), Violencia y salud mental (pp. 61–72). AEN.
Chandra, P., & Verma, P. (2021). Mending wounds with words: The therapeutic nature of poetry. Journal of Psychosocial Research, 16(1).
Fernández de Mata, I. (2016). Lloros vueltos puños: el conflicto de los «desaparecidos» y vencidos de la guerra civil española. Kamchatka. Revista de análisis cultural, 7, 291–319.
Fernández de Mata, I. (2024). El escarnio como medida de sometimiento de la población. En J. M. Azcona Pastor, M. Íñiguez & J. Rodríguez Abengózar (Coords.), Ámbitos y designios de la guerra civil española (1936–1939). Sílex.
Hernando, A. (coord.) (2023). Trauma: herencia, palabra y acción colectiva. Traficantes de Sueños.
Llona, M. (2009, diciembre). Memoria histórica y feminismo. Jornadas Feministas de Granada, Granada, España.
Luna Rodríguez, L. (2025). Transmisión transgeneracional del trauma en contextos de violencia política: una mirada al contexto español con perspectiva de género. [En prensa].
Miñarro, A. (2021). El hilo infinito del genocidio español. En A. Hernando (Ed.), Trauma, memoria y subjetividad. Una exploración interdisciplinar (pp. 131–162).
Stern, D. B. (2012). La atestiguación a través del tiempo: acceder al presente desde el pasado y al pasado desde el presente. Aperturas psicoanalíticas, 41.

