¿Qué es la poesíaterapia?

¿Qué es la poesíaterapia?

Una práctica en crecimiento en España

escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

–Chantall Maillard

La poesiaterapia, terapia poética o terapia de poesía es una práctica que ha experimentado un crecimiento importante a nivel global, con amplia representación en programas clínicos tanto en contextos individuales como grupales, así como en diversos entornos terapéuticos y educativos. Esta amplitud de aplicación la ha convertido en una modalidad terapéutica versátil y altamente adaptable. La terapia de poesía representa un campo en desarrollo y expansión, enriquecido por la diversidad de enfoques teóricos y prácticos que contribuyen a su evolución y consolidación como disciplina terapéutica. Pese a este crecimiento global, en España apenas tiene nombre propio: cuando intento explicar a qué me dedico, me encuentro con una de estas tres respuestas: una mirada de desconcierto cortés, la suposición de que soy psicóloga, o la pregunta inocente de si se trata de un taller de escritura creativa.

No es ninguna de las tres cosas. Pero tampoco es fácil decir qué es, porque la poesioterapia vive, precisamente, en el espacio entre disciplinas: entre la literatura y la psicología, entre el arte y la salud mental, entre lo individual y lo colectivo. Y ese espacio intermedio, en España y fuera de la psicología clínica, todavía no tiene cartografía clara.

Este artículo es un intento de trazar algunos primeros mapas.

I. El origen inesperado: cuando la poesía empieza a hacer preguntas

Mi experiencia como educadora de español como lengua extranjera me fue llevando por caminos de vuelta a la literatura española y a la poesía. “Spanish Through Poetry” se convirtió en mi curso estrella, el cual impartí durante tres años consecutivos con grupos completos. Lo que aprendí de esa experiencia fue que los estudiantes no solo aprendían la lengua de manera muy natural al combinar el juego con la emoción y la práctica, sino que también identificaban historias personales a las que no habían dirigido su atención en años, o nombraban emociones y experiencias a las que no habían dado un sentido antes. Fue, precisamente, este descubrimiento el que me causó más impresión y curiosidad: los alumnos parecían crecer en su autoconocimiento, ampliar su vocabulario emocional tanto en la lengua meta (el español) como en la materna contribuyendo así a una mejor identificación y gestión emocional, y en general, una mayor sensación de confianza basada en el autoconcepto y reformulación de experiencias a través de la lectura y escritura de poesía.

Ese curso dirigió mi atención hacia un fenómeno que desconocía, pues hasta entonces solo estudié literatura como algo externo al lector, algo que tenía un sentido en el contexto histórico del autor y un sentido personal para el autor. Nunca se centró la pregunta en qué significaba la pieza literaria para el lector inserto en su contexto histórico, experiencial y subjetivo. Sin embargo, a nivel personal, sabía que las cosas que leía tenían un sentido para mi. El curso que impartí me recordó que hay dos facetas en el arte, su consumo y su participación, y que la participación en poesía tiene un impacto potencial positivo en el desarrollo del lector. Así que empecé una “investigación informal” sobre el poder curativo de la poesía.

Lo que encontré al otro lado de esa búsqueda —«the healing power of poetry»— no era lo que esperaba. No era terapia ocupacional ni tampoco un taller de autoayuda. Era un campo con historia, con teoría, con práctica documentada y con una pregunta en el centro que llevaba décadas haciéndose: ¿qué ocurre en el ser humano cuando la palabra poética toca algo que la palabra ordinaria no puede alcanzar?

Nicholas Mazza, uno de los referentes fundacionales del campo, describe la poesioterapia como una práctica que trabaja con tres modalidades complementarias: la receptiva/prescriptiva (leer y escuchar poesía existente), la expresiva/creativa (escribir poesía propia) y la simbólica/ceremonial (usar la poesía como ritual colectivo de tránsito) (Mazza, 2017). Estas tres modalidades no son excluyentes: en la práctica, una sola sesión puede transitar por las tres, siguiendo el ritmo del grupo.

La eficacia de este campo ya no descansa solo en la experiencia clínica o en los relatos de práctica: en 2025 se publicó el primer metaanálisis sobre la terapia de poesía como tratamiento psicológico (Rodríguez-Rodríguez, 2025). El estudio, realizado a partir de siete investigaciones con 377 participantes, obtuvo un tamaño del efecto global de g = -1,12, calificado como grande y significativo en la reducción de síntomas contrarios al bienestar emocional. Las variables tratadas abarcaron ansiedad, estrés, depresión, bienestar psicológico y calidad de vida, en contextos tanto clínicos como no clínicos. El análisis identificó, además, la existencia de cuatro modelos teóricos que sustentan la práctica: el psicodinámico, el cognitivo-conductual, el humanista y el sistémico, lo que confirma la pluralidad de marcos desde los que puede ejercerse. Que el primer metaanálisis del campo se publique en español, en una revista académica de la UNED, es también una señal: algo está empezando a moverse en este país.

Jack Leedy, que editó en 1969 una de las primeras compilaciones del campo —Poetry Therapy—, señalaba ya entonces que la poesía no cura en el sentido clínico del término, pero que hace algo que quizás sea más urgente: nombra. Y nombrar, escribía Leedy, es el primer acto de la recuperación (Leedy, 1969). Arthur Lerner, en Poetry in the Therapeutic Experience, añade una dimensión crucial: la poesía como espacio de encuentro entre la experiencia interior y el lenguaje compartido, un puente entre lo que se siente y lo que puede ser dicho en presencia de otros (Lerner, 1978).

Descubrir todo esto fue, en cierto modo, poner nombre a algo que ya había visto ocurrir sin que yo supiera cómo llamarlo.

II. La formación: aprender a sostener la palabra ajena

En el 2021 inicié mi formación con la International Academy for Poetry Therapy (iapoetry.org) con la ayuda de mi mentora, Geraldine Campbell radicada en Irlanda. La formación son unas 200 horas de trabajo que combinan lecturas obligatorias, lecturas recomendadas, supervisiones con mi mentora para discutir las lecturas y otras cuestiones del curriculum, la participación en unas 60 horas de peer groups con el objetivo de experimentar la terapia poética como participante, y también observar diferentes maneras de llevar a cabo sesiones grupales, las diferentes modalidades de actividades que se pueden ofrecer, etc. Y unas 60 horas de práctica facilitando sesiones individuales y grupales. 

La formación como PTP (Poetry Therapy Practitioner) no se parece a un máster convencional. No hay clases magistrales sobre teorías de la poesía ni exámenes sobre corrientes psicológicas. El aprendizaje es, en sí mismo, experiencial: se aprende a facilitar escribiendo, leyendo en voz alta, escuchando, observando dinámicas grupales, siendo supervisada, fallando en la elección de un texto y entendiendo por qué falló.

Aprendí que el facilitador no es experto en el dolor ajeno. Aprendí a estar cómoda con los silencios. Aprendí que un poema mal elegido puede cerrar algo que estaba empezando a abrirse, y que uno bien elegido puede hacer que alguien diga, después de años, algo que nunca había dicho en voz alta.

Carroll (2005) describe esto como el proceso de «finding the words to say it» —encontrar las palabras para decirlo—: la función primaria de la poesía en el contexto terapéutico no es la belleza literaria ni la técnica formal, sino la capacidad de dar forma a lo que no tenía forma, de hacer visible lo que permanecía en el registro vago y doloroso de lo no-dicho.

III. Qué es la poesiaterapia (y qué no es)

Antes de explicar qué hace la poesiaterapia, conviene decir con claridad qué no hace. No diagnostica. No trata patologías clínicas. No es psicoterapia, aunque puede ser un complemento valioso de ella. No requiere que el facilitador sea psicólogo. Y no requiere que los participantes sean poetas, ni que hayan leído poesía en su vida.

Lo que sí requiere es presencia. Disposición a escuchar. Y un texto —un poema, un fragmento, una imagen— que funcione como umbral.

Chandra y Verma (2021) identifican tres mecanismos a través de los cuales la escritura poética opera sobre la experiencia emocional. El primero es la distancia metafórica: hablar de lo propio a través de una imagen, una voz, un personaje que no somos del todo nosotros pero que nos contiene. El segundo es la reescritura activa: no solo relatar lo ocurrido sino transformar la narrativa, darle un final distinto, encontrar en ella algo que antes no estaba. El tercero es la resonancia colectiva: reconocerse en la experiencia de otros, descubrir que lo que parecía únicamente propio tiene eco en la sala.

Donnel Stern (2012) añade desde el psicoanálisis relacional un concepto que encuentro especialmente útil para entender qué ocurre en una sesión de poesiaterapia: la atestiguación. Ser atestiguado (tener a alguien que escucha y reconoce) no es un acto menor. Es, en muchos casos, el acto que falta. El que no ocurrió en el momento del trauma, y cuya ausencia perpetúa el daño.

La poesía crea las condiciones para que la atestiguación ocurra. No solo del facilitador al participante, sino también entre los propios participantes. El grupo se convierte en un conjunto de testigos activos.

IV. Por qué España y por qué ahora

España tiene una deuda particular con el silencio. Cuarenta años de dictadura convirtieron el duelo en un acto privado, cuando no peligroso. Las familias de los represaliados de la guerra civil aprendieron a no hablar: en casa, en la escuela, en el trabajo. Ese aprendizaje pasó a sus hijos, y de sus hijos a sus nietos. No como una decisión consciente, sino como una herencia invisible, un modo de estar en el mundo que lleva incorporado el gesto de bajar la voz.

Armañanzas Ros (2012) describe este proceso como elaboración transgeneracional del trauma: las situaciones traumáticas no elaboradas se transmiten de generación en generación a través de mecanismos psicológicos, biológicos y sociales. En el contexto español, la especificidad es el silencio sistemático: no solo no se pudo llorar en público, sino que durante décadas el propio hecho de que había algo que llorar fue negado por el Estado.

Llona (2009) añade la dimensión de género: las mujeres fueron objeto de una represión específica: rapado, aceite de ricino, violencia sexual, humillación pública, cuya memoria ha permanecido aún más silenciada. Miñarro (2021) profundiza en cómo esa represión específica de las mujeres dejó en sus descendientes un tipo particular de trauma: el de haber tenido que sostener el duelo ajeno sin espacio para elaborar el propio.

Cuando en el taller de Bilbao la conversación entre las participantes fue de la herida individual a la colectiva, a las heridas que se tienen al nacer en cuerpo de mujer, a los dolores profundos de las relaciones entre padre e hija, de la violencia del patriarcado y el capitalismo, y en ocasiones, de la incapacidad de delimitar lo que duele por que no son solo heridas en una historia personal, son malestares que atraviesan a muchas familias españolas: el dolor heredado que no encontró nombre, y que por eso sigue circulando sin forma, como una corriente subterránea que se nota pero no se ve.

Ruzanna Carter (2020), en su trabajo sobre trauma colectivo y arte terapia, señala que la sanación del trauma generacional no puede ser un proceso únicamente interior: requiere actos de reconocimiento en el espacio social, rituales de duelo compartido, narración colectiva. La poesiaterapia ofrece exactamente eso: un espacio donde lo que no pudo decirse en la historia oficial puede decirse, al menos, entre quienes comparten la sala.

V. Cómo funciona en la práctica

Una sesión de poesiaterapia no tiene un protocolo rígido, pero sí una estructura reconocible. Se comienza con un texto: un poema existente, una imagen, un fragmento de prosa poética, que funciona como umbral de entrada. El texto no se analiza literariamente: se escucha, se lee en voz alta, se deja resonar. Después viene la escritura: libre, sin corrección, sin objetivo de producir literatura. Y después, para quien quiera, la lectura en voz alta de lo escrito y la escucha del grupo.

El facilitador no interpreta. Nunca dice «lo que quisiste decir es…». Su función es más parecida a la del testigo que describe Stern: estar presente, sostener el espacio, confiar en que el proceso sabe a dónde va.

Mazza (2017) insiste en la importancia del ritmo del grupo: el facilitador trabaja con lo que emerge, no con lo que tenía previsto. Un poema que funcionó perfectamente en otro grupo puede caer en silencio incómodo en este. Y ese silencio incómodo puede ser, a veces, la sesión más importante de todas.

Mis sesiones grupales se estructuran a partir de un tema. Los poemas que elijo están guiados por el tema que invito a explorar en el grupo, y la exploración viene de las propuestas de escritura, el compartir y el conversar sin juzgar, trayendo solo respuestas empáticas, curiosidad y presencia. 

VI. Por qué esto importa

Vivimos en un momento en que la salud mental está, por fin, en el centro del debate público en España. Pero ese debate tiende a moverse en los carriles de la psicología clínica y la psiquiatría: diagnóstico, medicación, terapia individual. Son carriles necesarios. Pero no son los únicos posibles.

Hay formas de sufrimiento que no responden bien al diagnóstico porque no son patologías individuales: son heridas colectivas, transmitidas en el tiempo, que necesitan respuestas colectivas. El duelo de las familias de los desaparecidos de la guerra civil no es un trastorno de ansiedad. Es el resultado de una historia que no ha sido reconocida, y cuya elaboración requiere de rituales que el sistema sanitario no puede ofrecer.

La poesiaterapia no pretende ocupar el lugar de la psicoterapia. Pretende ocupar su propio lugar: el espacio donde la palabra artística y la experiencia humana se encuentran, donde el dolor que no tiene nombre empieza a encontrar su forma.

En España ese espacio está, en gran medida, por construir. Este artículo es una pequeña contribución a esa construcción. Los talleres que estoy desarrollando en Bilbao y Burgos son otra. Lo que emerja de ellos —los textos, las voces, los silencios que también hablan— es, quizás, el argumento más sólido.

No hay cicatriz, por brutal que parezca,
que no encierre belleza.
Una historia puntual se cuenta en ella,
algún dolor. Pero también su fin.
Las cicatrices, pues, son las costuras
de la memoria,
un remate imperfecto que nos sana
dañándonos. La forma
que el tiempo encuentra
de que nunca olvidemos las heridas.
— Piedad Bonnet

Referencias

Armañanzas Ros, G. (2012). Elaboración transgeneracional del trauma: guerra civil española. Norte de Salud Mental, 43, 13–17.

Carroll, R. (2005). Finding the words to say it: The healing power of poetry. Evidence-Based Complementary and Alternative Medicine, 2(2), 161–172.

Carter, R. (2020). Healing collective generational trauma and building resilience through art therapy. Art Therapy, 37(3), 123–131.

Chandra, P., & Verma, P. (2021). Mending wounds with words: The therapeutic nature of poetry. Journal of Psychosocial Research, 16(1).

Leedy, J. J. (Ed.) (1969). Poetry therapy: The use of poetry in the treatment of emotional disorders. Lippincott.

Lerner, A. (Ed.) (1978). Poetry in the therapeutic experience. Pergamon Press.

Llona, M. (2009, diciembre). Memoria histórica y feminismo. Jornadas Feministas de Granada, Granada, España.

Mazza, N. (2017). Poetry therapy: Theory and practice (2.ª ed.). Routledge.

Rodríguez-Rodríguez, D. (2025). La terapia de poesía como tratamiento psicológico: un metaanálisis. Revista de Psicoterapia, 36(131), 85–92. https://doi.org/10.5944/rdp.v36i131.39863

Miñarro, A. (2021). El hilo infinito del genocidio español. En A. Hernando (Ed.), Trauma, memoria y subjetividad. Una exploración interdisciplinar (pp. 131–162).

Stern, D. B. (2012). La atestiguación a través del tiempo: acceder al presente desde el pasado y al pasado desde el presente. Aperturas psicoanalíticas, 41.

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